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LA HOGUERA DE LAS ILUSIONES
En una época de tanta turbulencia social,
con el desencanto y escepticismos como signos dominantes,
el derecho a soñar es apenas un atisbo lejano: cuando
las ciudades crecen en miradas desmesuradas y los campos se
ahogan en el trasegar del abandono y la vida cotidiana, se
ha convertido en un peso explosivo, las historias de vida
ofrecen la inmensa posibilidad de aprehender ya no como sombra
de la memoria olvidada, sino como escritura contemporánea,
ese devenir de huellas que tanto nos acosan.
Las historias finalmente tuvieron dos voces
en su culminación como escritura, la de quien hablaba
y la de quien escuchaba; quien habla recuerda y reconstruye
hechos vividos, quien escucha reconstruye afinidad en el discurso
escuchado, en las connotaciones que salen a relucir y en la
otras que quedan escondidas en el lenguaje hablado.
Se quedaron historias que desafortunadamente
no concluyeron, los personajes hablaron un día, después
se perdieron en el ostracismo. Historias individuales con
el signo fatal frente a sus miradas de incertidumbre: una
joven de 20 años, madre de un hijo y con la sombra
de sus cuatro compañeros muertos, todos ellos jefes
de parches. Su madre le dijo un día con ese realismo
maternal muy persuasivo: Hija ¿por qué no busca
un hombre que por lo menos viva unos pocos años con
usted?
"
"La voz de la memoria bajó
un día por un de los caminos de grietas y abismos que
tienen sus cerros erosionados, y ahora quiere hablar con su
auténtica voz, como síntoma definitivo de lucidez
y de identidad. La voz de la memoria ha hablado para escribir
estas páginas. No significa que la última línea
sea un gris Fin definitivo, es quizá el comienzo de
sus historias" .
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